Billete de vida

El frío gélido de la madrugada la despertó; puede que no llevase ni media hora de sueño, pero es más de lo que podría haber imaginado dormir sobre aquel desangelado y desvencijado banco. La madera crujía bajo sus huesos, o tal vez eran estos mismos los que crujian sobre el improvisado lecho.

Había caminado toda la noche hasta que vencida por el largo camino hacia ninguna parte, decidió recostarse en aquel banco de madera aparecido como de la nada.

Amaneció con los ojos hinchados, tanto… que a duras penas podía mantenerlos abiertos; el llanto acumulado durante tantos días se había desbordado, anegando cuerpo alma y vestido, o tal vez, este último se encontraba húmedo debido a la noche a la intemperie; da igual, (pensó), el caso es que toda ella parecía recién salida de un pozo.

Por apenas dos rendijas, sus ojos pasearon la vista alrededor del lugar donde se encontraba. Bajo una viga de hierro forjada con florituras, bajo un pequeño tejadillo, un reloj se descolgaba de una oxidada cadena por un extremo, el viento lo balanceaba y lo hacía cantar en un monótono y constante chirrido.

Tardó unos minutos en cercionarse de que se encontraba en una antigua y pequeña estación de tren; un apeadero de tren casi inverosímil, pues nada, si no el sendero que la la condujo hasta allí y un espeso bosque lo rodeaban.

Fue incapaz de adivinar como había llegado hasta allí. Ofuscada y ciega, entre lágrimas de lava, la mente entumecida y el corazón encerrado en un dedal de costura… un día antes, había salido de casa.

Como un autómata con la vista clavada en el suelo, obedecían sus pasos, primero, a un camino de calzadas de asfalto, más tarde, sobre un sendero de tierra por cientos de árboles franqueado. Tan apenas divisaba el camino, sus ojos manantiales que sobre los zapatos, los sentidos… anulados. Sucedió pronta la noche a ese día obnubilado, y continuó caminando hasta dejarse desfallecer sobre ese banco.

Un ruido llamó su atención, el sonido de un manojo de llaves devolvió su mente y mirada a la estación; un hombre vestido con gabán de botonadura dorada, con gorra y silbato colgado al cuello, desaparecía tras la puerta en arco de medio punto, que centraba la fachada del edificio. Ella giró lenta y pesadamente sus pasos con la intención de seguir al hombre, tras comprobar que la puerta aunque entornada casi en su totalidad, estaba abierta.

Tubo que emplear ambas manos y toda la fuerza de sus brazos para abrirla, aunque curiosamente, el hombre parecía haberla abierto con suma facilidad. Una vez dentro, la envolvió un denso frío que atravesó sus huesos, al expirar el aire, el aliento dibujaba bocanadas de niebla que se dispersaban como humo; cruzó los brazos sobre si, se abrazó en un intento vano por entrar en calor.
Recorrió la fría y gran estancia que se abría ante sus ojos, una gran estancia vacía, iluminada tan apenas, por los tímidos rayos de sol que comenzaban a desperezarse a la mañana.
A ambos lados de la estancia, en una y otra esquina, dos amplias y magestuosas escaleras subían a un piso superior, donde un enorme reloj con el cristal resquebrajado, colgaba del centro de la pared.
Por un instante, pensó que aquella sala no se correspondía en absoluto, con la pequeña e insignificante apariencia de la fachada exterior, por un…
levisimo instante, ya que su mente se encontraba totalmente absorta con el interior.
De repente, unos pájaros sobrevolaron en estrepitoso sonido de alas su cabeza para después atravesar un gran boquete abierto en una de las paredes; tras el susto y habiendo olvidado por completo al hombre que intentaba seguir,
se dirigió al gran agujero por el que habían desaparecido las aves; aupada sobre sus puntillas, introdujo la cabeza sin dificultad, y como por arte de magia apareció al otro lado de aquel tabique.
Un murmullo de voces ininteligibles, y gemidos lastimosos que sonaban de fondo, desviaron totalmente su atención restando cualquier explicación al hecho.
Agudizó el oído y los murmullos, ahora totalmente claros, helaron aún si cabe todavía más su pecho.
Aterida por completo, apollada su espalda en una columna, dejó caer su cuerpo. Sentada, la cabeza entre las rodillas, los brazos cruzados sobre éstas,
comenzó a llorar de nuevo.
Esta vez, su llanto no era lava, no abrasaba sus mejillas:
deshacían su piel, despedazaban el alma,
su corazón… desintegraban.
Llanto de la soledad pura,
del para siempre extraviado,
del que pierde ante su vida corta, mas consciente de la partida,
al padre… a la madre.
Del que, en adiós de su amor
pierde su propia vida,
del que en su ausencia,
su propia ausencia.
Llanto del que ha de sacar
para un nuevo tren su billete,
del que ante la ventanilla,
su oído al taquillero
escucha claramente:

– Billete de viva?,
o de viva y muerta?.

Los golpes del visitador,
le hicieron dar un respingo en el asiento, mientras en letanía constante repetía casi a gritos:

-Viaje de viva!,
solo de vida porfavor.

Abrió por completo los ojos,
una voz gritaba,
¡Por última vez, pasajeros con destino A Coruña!, ¡al tren!.
Con el corazón desbocado, liberado ya de aquel dedal,
se mantuvo despierta,
el resto del camino.

* Billete de vida.- JOff

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